Si las paredes hablasen… contarían la historia de la “Casa Bola”

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Si las paredes hablasen podríamos conocer cientos de historias maravillosas sucedidas en los interiores de las casas, en sus cocinas, dormitorios, los quicios de las puertas e incluso debajo de la última capa de papel pintado.

Esas historias quedan ya ligadas a los lugares donde acontecieron para siempre en una extraña relación vivienda-habitante que muy pocas veces tenemos la oportunidad de conocer de primera mano. Hace muy poco tiempo tuve la ocasión de oír la más increíble de todas ellas… la historia de la “Casa Bola” en São Paulo.

Ya en los primeros años setenta, el arquitecto brasileño Eduardo Longo había logrado reconocimiento y dinero proyectando casas de diseño para clientes adinerados en las playas de Guaruja en São Paulo, por lo que decidió construirse su propia vivienda en uno de los barrios de moda de esta ciudad. Entre las ruas Peruibe y Amauri, Longo construyó un excepcional proyecto. Dividió el solar rectangular mediante un muro diagonal que servía de frontera entre su casa y el estudio. Los polos principales de una vida llena de éxito, lujo y desenfreno, convergían en su vivienda en forma de juergas hasta altas horas de la madrugada y en su flamante Porsche 914 aparcado en el interior de la misma como símbolo.

Tras dos años de excesos y liviandad, la cabeza y el cuerpo de Eduardo dijeron basta, entrando en un periodo de catarsis que llevó al arquitecto a encerrarse en su casa durante casi dos años. Tiempo en el que pintó murales coloristas e incomprensibles en cualquier superficie disponible de la misma, destrozando a mazazo limpio todas las paredes y objetos del interior, Porsche 914 incluido, recluyéndose en un mísero altillo y convirtiendo el resto de la casa en un pasillo público de paso entre las dos calles desde las que tenía acceso. Como cuenta el propio Eduardo: “fue un periodo de liberación de una cultura material que te aliena hasta convertirte en quien nunca deseaste ser”.

Sin embargo, tras ese periodo de purificación y destrucción nació en la cabeza de Eduardo la idea de tener una casa esférica industrializada que pudiera satisfacer los deseos domésticos de la, por aquel entonces, creciente clase media brasileña. Obsesionado con la imagen de una “Casa Bola”, como él todavía la llama de manera cariñosa, Eduardo formó una familia reconquistando poco a poco espacios de su devastada vivienda y empezó a construir una maqueta a escala 1/1 de la soñada bola en su cubierta.

Lo que empezó con una pequeña estructura metálica que iba a ser recubierta con tela, no tardó mucho en convertirse en una verdadera vivienda superpuesta a la suya propia. Sólo con sus manos y pequeñas ayudas de otros “locos” como él, en especial del constructor de barcos de cemento Charles Holmquist, Eduardo construyó poco a poco esa utopía doméstica que suponía vivir dentro de una esfera perfecta. Una Casa Bola que sustituyó paulatínamente a la antigua vivienda y que durante más de 30 años Eduardo ha ido construyendo con objetos increíbles de sus habitantes: un refrigerador ecológico a modo de fresquera, todo tipo de armarios imposibles, un salón en la parte superior con dos niveles, una televisión giratoria, un trampolín amarillo que conecta la habitación de los niños con la entrada, etc.

Eduardo y su familia todavía habitan esa fantástica morada donde el arquitecto sigue dibujando y soñando con ciudades enteras construidas con viviendas en forma de esfera.

Si vas a Sao Paulo y pasas cerca de las ruas Peruibe o Amauri, quizá las paredes de la “Casa Bola” te cuenten su historia.

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