La magia blanca de los pueblos de Málaga

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Estoy perdido… Perfecto. Eso es lo que me gusta. Dar vueltas por las callejas sinuosas de estos pueblos malagueños y dejarme sorprender por todo. Sí, ya sé que el entorno parece repetirse: edificios con fachadas que deslumbran, geranios en flor colgando de balcones enrejados, portones de madera, olor a jazmín y a puchero, tabernas bulliciosas y un cielo luminoso que es mejor contemplar desde una buena sombra. ¿Y qué? También parecen repetirse los paisajes de las montañas nevadas, o el de las costas tropicales, y aún así ¿no te sientes atraído por ellos? ¿No apetece siempre estar allí?

A eso lo llamo yo magia y solo la tienen esos lugares tan especiales que quieres hacerlos tuyos aunque no seas de allí. En este caso, magia blanca por supuesto. No puede ser de otro color con tanta cal y tanto sol. De eso sobra en Frigiliana. Es donde estoy perdido ahora mismo, aunque tengo un objetivo: me han recomendado que si doy con la plaza de la Iglesia entre en la Taberna del Sacristán y pruebe uno de sus platos de pescado.

La verdad es que en cada pueblo de esta Málaga blanca siempre hay un rincón, una taberna, una plato o una buena vista que degustar. Como en Almáchar, cuna del ajoblanco, un plato tan increíble que hasta le dedican una fiesta (a primeros de septiembre, ¡imprescindible!). Y ya que estamos, propongo una ruta (estos pueblos de la Axarquía están cerca, no más de 20 minutos en coche) que tenga un poco de todo.

Por ejemplo, historia. Para eso nos vamos a Comares, con los restos del castillo y su aljibe árabe, que es monumento nacional. Ahora toca un poco de naturaleza, la que rodea Benamargosa, Cútar y el Borge, con una alfombra verde de aguacates y árboles frutales, olivos y vides de las que salen las mejores uvas pasas del mundo. Y para vistas, las de Iznate. Es fantástico cuando llegas al mirador, en la parte más alta del pueblo, y ves la costa, con el Mediterráneo pintando de azul el horizonte y, si el día está muy claro, con África asomando a lo lejos.

Blanco, blanco y más casas blancas

Y yo sigo perdido en Frigiliana, entre callejas empinadas y suelos de piedra. Tranquilidad. No hay prisa. Lo mismo me pasó cuando hace poco estuve por la serranía de Ronda, dando una vuelta primero por Casares (ya cerca de la provincia de Cádiz). Otro pueblo con el castillo en lo alto y las casitas que parecen terrones de azúcar a su alrededor. Entonces la caminata terminó en Casa Curro (lo bueno siempre te sale al paso). Todavía tengo la sensación de que estoy saboreando esas migas de la sierra y ese queso de cabra… ¡Qué lujo!

De ahí, claro, me fui para Ronda. Poco que decir. Bueno… mucho. Tanto que no se sabe por dónde empezar. ¿Por la muralla? ¿Por la plaza de toros, la más antigua del mundo? ¿Por los baños árabes? ¿Por sus vistas de vértigo? ¿Por el restaurante Almocabar, otro de los monumentos de la ciudad?

Y hablando de comer, creo que ha llegado la hora de dar con la plaza de la Iglesia, así que pregunto. “Ahí mismito. Por esta calle estás en dos minutos –me dice un vecino–. Como hoy es sábado, la reconocerás porque hay mucha gente sentada en los bancos, charlando y tomando el sol, disfrutando de la vida y los compadres”. En pocas palabras ha clavado el carácter de los malagueños. Aquí no se necesita Facebook para sociabilizar. Te vale con salir a la calle o ir a beber un vino, como el que ya me estoy tomando en la Taberna del Sacristán. ¡Qué buenas vistas! Nerja al lado y el mar de fondo… ¿Quién puede pedir más?

Os dejo que me traen mi pescado y huele que alimenta…

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