Dubái: ¿tierra o asfalto?

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Una de las definiciones que la Real Academia Española hace de la palabra “ciudad” es: “conjunto de edificios y calles, regidos por un ayuntamiento, cuya población densa y numerosa se dedica por lo común a actividades no agrícolas”.

En estos meses nos hemos encontrado con ciudades muy diferentes entre sí. Ciudades ordenadas, limpias y tranquilas como Auckland en Nueva Zelanda; ciudades caóticas, plagadas de mercados callejeros como Bangkok en Tailandia; capitales-pueblo del estilo de Luang Prabang en Laos y capitales-país como Yakarta en Indonesia. Ciudades enormes, pequeñas y medianas; ciudades industriales o agrícolas; con densa población o prácticamente desiertas. En definitiva, ciudades de todos los colores, olores y sabores que uno se pueda imaginar.

shanghai

Después de nueve meses de viaje, nosotros diferenciamos entre dos tipos de ciudades. Por un lado, las “de asfalto”: aquellas grandes capitales, plagadas de altos edificios singulares, con enorme caudal de tráfico y una alta densidad de población. Lugares donde los visitantes cruzan las calles en hora punta a toda velocidad con una bebida en la mano sin tener en cuenta que pueden provocar un tropezón. Es el caso, por ejemplo, de Kuala Lumpur o Beijing.

Yangon

 

En el otro extremo están las “ciudades de tierra” (o barro según las condiciones climatológicas). En esta categoría, las viviendas no se elevan más allá de los dos o tres pisos, las aceras brillan por su ausencia y las motos se convierten en el principal medio de transporte de ciudadanos, animales o cosas. Todas juntas, apiladas y en perfecto equilibrio anti ley de la gravedad. En esta categoría estaría por ejemplo Bago en Myanmar o Sampit en Indonesia.

Esta clasificación parecía sencilla y “científica” hasta llegar a Dubái. El Cisne Negro que únicamente aparece con la finalidad de desmontar tu “fundamentada” teoría. Así, sin avisar, en menos de lo que se mete un asiático a cantar en un karaoke.

A simple vista, Dubái amanece cada mañana, desayuna y “se viste” como una ciudad de asfalto. Uno puede hartarse de mirar hacia arriba  perdiendo la mirada entre los rascacielos como pasaría en Nueva York o Shanghái. Para evitar la tortícolis, existe la opción de mirar hacia abajo desde el edificio más alto del mundo construido hasta la fecha, el Burj Khalifa.

Dubai

 

Estando allí, se puede divisar la ciudad como si te encontraras delante del tablero de juego del “Hotel”. Toda una demostración del poderío arquitectónico, humano y económico del lugar. En esta ciudad se pueden ver hoteles a los que las cinco estrellas se les quedan cortas o dar un paseo en metro por una de sus dos líneas lo cual, ya es una atracción turística en sí misma.

Dubai

 

Puedes perderte por sus enormes centros comerciales donde “los dubaitís” vestidos de blanco y negro se mezclan con una enorme comunidad internacional que les supera en número… Hasta aquí y, si todos estamos de acuerdo, Dubái, con sus más de 40 km de longitud, debería formar parte de la categoría “ciudades de asfalto”.

Sin embargo, en Dubái puedes ver un Ferrari pasar y, poco después, cómo en el puerto la mercancía aún se descarga en fardos. En Dubái, donde se acaba el asfalto a modo de precipicio sin altura, llega el desierto. Empiezan las dunas, el sol y los enormes cambios de temperatura. En Dubái, basta con que se levante un poco de viento para que la arena cubra las impecables ventanas de los hoteles de la ciudad que los limpiacristales se esfuerzan en abrillantar cada día. Basta con que llegue el verano para alcanzar temperaturas de 50 grados con las que se permite el cese de la actividad laboral.

Dubai

 

En Dubái, los lingotes de oro conviven con las partículas de arena que también consiguen colarse por todos los rincones. Las islas artificiales y los rascacielos florecen en mitad de la nada. Fenómeno que no ha hecho más que empezar porque hay edificios en construcción en cada esquina. Si no se podía negar que hablamos de una ciudad de asfalto, tampoco se puede negar que lo sea de tierra.

Dubái es… Dubái es… una ciudad que se te cruza en el camino para demostrar que en estas cuestiones como en tantas otras, las verdades absolutas no existen.

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