Seis razones para engancharse a Salobreña

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El termómetro ronda los 25ºC (en los “días malos”de invierno se queda cerquita de los 15), el cielo parece un homenaje al color azul y, con el runrún del mar, llega hasta la tumbona una brisa que huele a frutas exóticas. Esto es la Costa Tropical y no necesitas salir de España para pisarla: hablamos de un cinturón formado por una veintena de municipios que se asoman al Mediterráneo en el litoral de la provincia de Granada. Cien kilómetros de arenales, acantilados… y sol, que aquí brilla más de 300 días al año. La joya de la corona: Salobreña. ¿Por qué? Apunta las siguientes seis claves:

1. Por sus playas

Bye, bye, bullicio. Aguas cristalinas, ensenadas solitarias y espacio más que de sobra para desplegar la sombrilla, estirar la toalla, levantar un castillo, jugar una partido con las palas… Las “orillas” más recomendadas por los autóctonos son el Caletón, la cala del Cambrón y la playa de la Cagadilla, con las que podemos sentirnos como en una isla perdida de otro continente. Menos silvestres y con más público destacan las de la Guardia y la Charca.

2. Por sus calles

Los barrios de la Villa, el Albaicín (o Albayzín) y el Broncal concentran la magia de los pueblos andaluces y remiten a un pasado enriquecido por la cultura musulmana: fachadas blancas que se desparraman montaña abajo y que flanquean callejuelas que regalan saludables paseos, reconfortantes sombras e improvisadas charlas con los vecinos. Los momentos del año en los que más se llenan sus aceras son: en la Semana Santa morrallera, en la feria en honor a San Juan y San Pedro (a finales del mes de junio) y en la romería de la Virgen del Rosario (en octubre).

3. Por el castillo

Sí, Salobreña tiene castillo, una fortaleza que hunde sus cimientos en el siglo X y que domina la localidad desde lo alto de un promontorio. Cuando echas un vistazo al paisaje desde cualquiera de sus seis torres, el cóctel se te antoja irresistible: a tu espalda, Sierra Nevada; al frente, el mar; y a tus pies, los huertos, las plazas y el día a día en este rincón privilegiado de la península. La visita vale los 2 euros que cuesta la entrada, con los que, además, contribuyes a financiar las obras de restauración del recinto.

4. Por sus chiringuitos

Por La Bahía, El Campano, La Charca, Tres Hermanos, Chiringuito Flores y Casa Emilio (¡y los que nos dejamos en el tintero!). En el paseo marítimo circulan raciones de pescaíto frito, espetos de sardinas y arroces. Arrasan las doradas y las lubinas a la brasa, el gazpacho, las gambas y los salmonetes. Y triunfan, cómo no, los precios (populares) y el ambiente, que se sofistica en Sunem (ideal para trasnochar). Mucho ojo al restaurante El Peñón, con una terraza y una carta de nivel, y a Aguas Verdes, en el casco urbano, con unas propuestas caseras que están para chuparse los dedos.

5. Por la fruta

El clima tropical ha hecho de Salobreña un paraíso sembrado de huertos donde crecen mangos, aguacates y chirimoyas. Estas exóticas frutas abundan en el mercadillo de los martes, organizado al lado del mercado municipal (en la parte alta de la calle Federico García Lorca).

6. Por Granada, Nerja, Motril…

Las carreteras que parten de Salobreña surcan un universo en el que merece la pena perderse. Hacia el norte, a tiro de piedra, la Alpujarra, Sierra Nevada (bicicleta, esquí, senderismo, running…) y la ciudad de Granada. Hacia el este, Motril, Calahonda, Albuñol, Adra… Y hacia poniente, Almuñécar, el coqueto pueblo de La Herradura y, ya en Málaga, Nerja, donde es norma otear el horizonte desde el célebre Balcón de Europa, desayunarse un pan con aceite de oliva y tomate en el chiringuito Ayo y cenar en El Pulguilla.

En definitiva, Salobreña es una tierra rica en paisajes, gastronomía, naturaleza y cultura.

Imagen destacada @Luis Vinuesa, distribuida con licencia Creative Commons BY-2.0.

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