Puente la Reina, donde a los peregrinos de Santiago les gustaría quedarse

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Manuel y Clara son peregrinos de bicicleta. Habían empezado a hacer el Camino de Santiago esa misma mañana. Punto de partida: Roncesvalles. Desde allí, 50 kilómetros hasta Pamplona, una parada de avituallamiento y otros 20 kilómetros hasta Puente la Reina (50 minutos, en coche lo hubieran hecho en 10), donde piensan pasar la noche.

“Pues para ser el primer día, se nota el esfuerzo en las piernas más de lo que pensaba –se queja Clara–. Tengo ganas de bajarme y andar un rato en vez de pedalear”. Ven las primeras casas y enseguida aparece el Jakue, uno de los muchos hoteles pensados para los viajeros compostelanos. En este pueblo navarro se cumple con la tradición de siglos de dar albergue a los peregrinos, y son cientos al cabo del año.

Bicis y mochilas guardadas, una ducha y a dar una vuelta. “Este es el monumento que señala la unión de los dos caminos de Santiago que vienen desde el norte –explica Manuel–, el de Roncesvalles y el de Somport, en Huesca. Y esa es la iglesia del Crucifijo, tiene 800 años y la construyeron los templarios”.

Clara le mira sorprendida: “Vaya… Veo que te lo has empollado muy bien. Sigue, sigue, soy todo oídos”. “Es que tenía muchas ganas de conocer Puente la Reina –continúa Manuel–. Javier, mi amigo de la universidad que vive en Pamplona, quiere comprarse casa aquí. Esto le encanta. En pleno campo pero tan cerca de la ciudad, un lugar lleno de historia con Visita los pisos en Puente La Reina, Navarra que están geniales. Vamos, cojamos la Calle Mayor”.

Ya con la primera impresión entienden por qué el casco histórico ha sido declarado Bien de Interés Cultural. Conserva ese aire medieval de las villas fortificadas: torreones, calles rectas y casas recias, muchas de ellas blasonadas, como la Casa del Vínculo y el Palacio del Patrimonial.

–      Me está impresionando. Es un pueblo precioso –dice Clara–. ¿Y esta otra iglesia?

–      Está dedicada a Santiago, es del siglo XII –Manuel sigue en su papel de guía perfecto–. Se construyó no mucho después del famoso puente que da nombre a la ciudad. Y por allí a la izquierda está la taberna el Peregrino.

–      ¿Y esa qué tiene de histórica?

–      Nada, pero Javier me ha dicho que hacen unas alubias pochas de muerte que hacen honor a la tierra. Así que ya sabes dónde vamos a cenar.

Según se van acercando al final de la Calle Mayor aumenta el rumor del río Arga, con sus aguas frías del Pirineo regando los campos y huertas que crecen en sus riberas. “Ahí está el puente”. Los últimos rayos del sol de la tarde tiñen sus arcos de naranja. La estampa es espectacular.

Como sigue explicando Manuel (no se resiste a demostrar sus conocimientos), justo de aquí surge el pueblo. Una reina navarra lo mandó construir hace 900 años para que los peregrinos pudieran cruzar el río. Y llegaron tantos que se empezó a levantar la villa. El puente le dio nombre y hoy es una de las muchas joyas del románico que hablan del arte y la historia de Navarra, al igual que el Monasterio de Leyre, el santuario de San Miguel de Aralar o la iglesia de Santiago por la que acaban de pasar.

“Es alucinante, y más con esta luz –comenta Clara–. Ya sé que tenemos el tiempo justo para hacer el viaje, pero la verdad es que dan muchas ganas de quedarse”. Y eso que todavía no se ha sentado a cenar para saber cómo le sienta al cuerpo una chistorra bien fritita, un queso de Idiazábal con un poquito de membrillo, las alubias o esos espárragos que parecen brazos de gitano de lo gruesos que son…

Navarra y Puente la Reina entran por los ojos y por el paladar, y también por esa sensación que produce sentirse bien acompañado. Por aquí las gentes son cualquier cosa menos frías: francos y hospitalarios. Gente auténtica.

“Tenemos que volver”, sentencia Manuel.

Imagen destacada @Xavier68, distribuida con licencia Creative Commons By-2.0

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