Un paseo a través de los gigantes de La Mancha

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“Del buen suceso que el valeroso Don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de felice recordación”. Así da comienzo el capítulo 8 de “El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha”,  la que está considerada y es, sin duda, la novela más importante de nuestra literatura.

Hoy es posible recordar las aventuras del genial hidalgo y su escudero, Sancho Panza, con tan solo dar un paseo por La Mancha, por la inmensidad de sus campos, e imaginar nosotros también que sus numerosos molinos son gigantes contra los que luchar, como bien nos hizo creer Miguel de Cervantes.

Los molinos, símbolos de La Mancha

La Mancha, Al-Ansha para los árabes (tierra seca o tierra sin agua). Ahí nacen los molinos de viento, fruto de la imaginación (en este caso práctica) de los propios manchegos. Y es que, a falta de molinos de agua, fueron éstos los que les permitieron transformar el trigo en harina.

Un invento crucial en la historia y que todavía podemos encontrar en Alcázar de San Juan, Valdepeñas, Consuegra (Toledo), Campo de Criptana, Herencia… Sus aspas, ahora detenidas, se han convertido en la estampa más conocida de Castilla-La Mancha.

Todos ellos tienen nombre, y no cualquiera: Sancho, Rucio, Bolero, Mochilas, Espartero, Balcón de la Mancha, Cervantes… De la provincia vecina, Castilla y León, el datado como más antiguo es el molino del Cubo, ubicado en la villa segoviana de Cuéllar, y fechado en el siglo XV.

Una inspiración que aún permanece

Pero son concretamente los de Campo de Criptana los que se cree que inspiraron a Miguel de Cervantes.

Ya en 1575, las Relaciones Topográficas de Felipe II mencionaban “muchos molinos” en Campo de Criptana, y en el Catastro del Marqués de la Ensenada del año 1752 se recogen 34 molinos en esta localidad, más que todos los molinos sumados del resto de pueblos de La Mancha.

Entre el conjunto de molinos que pueblan la Sierra de los Molinos, se encuentran los tres únicos de la Península Ibérica que conservan la estructura y maquinaria original del siglo XVI (Infanto, Burleta y Sardinero), aptos para moler el cereal como se hacía siglos atrás, gracias al ingenio del hombre y a la fuerza del viento.

El último molinero de Castilla-La Mancha

Así le llaman los vecinos de Consuegra y con toda razón. Juan Bautista Sánchez, el último molinero de Castilla, conoce como nadie las “tripas” de los molinos. No en vano, ha logrado volver a dar vida al Rucio, un molino de Consuegra (Toledo) del que ha hecho una fiel restauración para que pueda volver a moler grano con la misma fuerza y precisión que en tiempos de Don Quijote.

Así, Juan sigue subiéndose a la planta superior del molino y, sacando su cabeza a través de los ventanillos, es capaz de saber la dirección dominante del viento en cada momento. Ábrego hondo, ábrego alto, cierzo, solano alto, solano mediodía u hondo, solano fijo, moriscote, matacabras, toledano… Los vientos, como los molinos, también tienen sus nombres propios.

Saber cuál sopla en cada momento y orientar las pesadas aspas hacia él para poner la maquinaria a trabajar y, por qué no, asustar de nuevo al pobre hidalgo de la triste figura.

“¿Qué gigantes? dijo Sancho Panza’ (…) ‘Mire, vuestra merced, respondió Sancho, que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que volteadas del viento hacen andar la piedra del molino”

Imagen destacada @Angel Escartin Casas, distribuida con licencia Creative Commons BY-2.0.

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