Malasaña y el 2 de mayo: historia viva de Madrid en un barrio que no deja de cambiar

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Las historia de Madrid se representa cada día en este escenario de calles estrechas y plazas ajardinadas al que desde los años 80 se conoce como el barrio de Malasaña, donde viejas tradiciones y nuevas tendencias se solapan con relatos de heroísmo y revoluciones culturales; en el que los personajes literarios conviven con las tribus urbanas, y los monumentos con los locales de diseño.

Todo allí forma una amalgama única que explica la asombrosa evolución de una ciudad que no se cansa de cambiar sin por ello perder la memoria. Para empezar a entender Malasaña hay que caminar hasta la Plaza del 2 de Mayo y mirar alrededor.

Ahora se ven parques infantiles, un espacio con máquinas para que los ancianos ejerciten el músculo, una barbería-templo de hipsters que cuidan de sus barbas con el estilo que lo hacían sus abuelos, y terrazas al sol de la primavera pobladas de jóvenes urbanitas.

En ese mismo lugar apacible la capital se alzó en armas contra las tropas de Napoleón el 2 de mayo de 1808. Los oficiales Daoíz y Velarde resistieron hasta la muerte el asalto francés al Parque de Artillería de Monteleón. Aquel episodio, que se conmemora en la fiesta de la Comunidad de Madrid, dio nombre a la plaza y dejó en ella como recuerdo el arco restaurado de la antigua puerta del cuartel, bajo la que se alza la estatua de los dos héroes militares.

Cincuenta años después, el antiguo barrio de las Maravillas, que había tomado el nombre de un convento de monjas carmelitas, se sometió a una profunda reforma, construyendo nuevas viviendas populares y edificios que acogieron facultades universitarias.

Desde entonces la zona fue rebautizada como barrio de la Universidad, aunque para la mayoría de los vecinos siguió siendo tan solo Malasaña, en honor de una modistilla, Manuela Malasaña, a la que los franceses ejecutaron por llevar armas a los sublevados.

La transformación del barrio hubiera sido muy diferente si el plan urbanístico que proyectó Ángel Fernández de los Ríos en 1869 llega a ver la luz. Pretendía abrir un gran espacio, a imagen de la parisina Plaza del Trocadero, con medio kilómetro de longitud y 250 metros de ancho. Sin embargo, la Plaza de Europa, como se iba a llamar, resultó demasiado cara para las arcas municipales.

La zona comenzó una paulatina decadencia desde que a principios del pasado siglo se trasladó la sede universitaria a las afueras de la ciudad. El barrio se plegó sobre sí mismo, encerrado entre proyectos más vistosos y modernos: la Gran Vía al sur y los Bulevares de Sagasta y Carranza al norte.

Vida vecinal entre viviendas humildes y locales baratos en el mismo corazón de la capital. Un entorno que atrajo como un imán a los movimientos culturales que desde la transgresión dibujaron una nueva imagen de Madrid. Malasaña acogió el alma de la Movida en locales como La Vía Láctea o el Pentagrama. La moderna fauna urbana convivía con las tiendas familiares y los modestos bares de vinos y cañas, hasta que los nuevos tiempos ya no fueron tan nuevos y los jóvenes rebeldes ya no tan jóvenes.

A finales de los 90, el barrio afrontó otra etapa, con intervenciones urbanísticas que han supuesto principalmente la rehabilitación de edificios, la peatonalización de plazas como la del 2 de Mayo y calles como la de Fuencarral (artería de negocios muy transitada), la incorporación de mobiliario urbano y la mejora de accesos. En última instancia, lo que se pretendía era aportar un nuevo carácter al entorno, más comercial y atractivo para otros perfiles de población.

Las actuaciones supusieron una revalorización de las propiedades y la llegada paulatina de nuevos vecinos que incentivaron una profunda transformación de la economía en el barrio. Dos ejemplos la ilustran: la creación del Mercado de Fuencarral para acoger una oferta comercial de vanguardia que ha ido permeando hacía toda la zona, y la desaparición del antiguo Mercado de San Antón, convertido hoy en centro gourmet. En definitiva, un cambio urbano y cultural.

Aunque este rostro renovado no significa que el barrio renuncie a las esencias que perviven en sus fachadas históricas, o en las tabernas y colmados de toda la vida. Simplemente demuestra que está dispuesto a seguir mudando, adaptándose para acoger a otras generaciones que construyen su propio universo: librerías donde se fusionan las letras y la tecnología, restaurantes internacionales en decorados sofisticados, ‘taperías’ chic, ropa de marca… En Malasaña la historia solo acaba de empezar.

Imagen destacada @Daquellamanera distribuida con licencia Creative Commons By-2.0

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