Iluminación de oficinas: ¿luz natural o artificial?

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La eficiencia energética se ha convertido en los últimos tiempos en una premisa universal. Se habla de ahorro –palabra mágica en estos tiempos– y de sostenibilidad. Por eso, puede sorprender que la gran mayoría de empresas mantengan un gasto elevado de electricidad en sus oficinas iluminando todos los espacios, durante toda la jornada laboral, con luz artificial.

La pregunta resulta obvia: ¿por qué no se buscan soluciones arquitectónicas para aprovechar más la luz natural? Sin embargo, este tema no es sólo una cuestión de eficiencia energética. La respuesta de los expertos es que a nuestros ojos y a nuestro cerebro no les basta con la luz solar para trabajar en buenas condiciones.

Como probablemente sabrás por experiencia, una correcta iluminación es básica en el entorno laboral. La Guía Técnica de Eficiencia Energética en Iluminación, elaborada por el Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía (IDAE) y por el Comité Español de Iluminación (CEI), apunta que sus beneficios tienen que ver con la mejora de la productividad, la reducción de errores y de la fatiga, el bienestar del trabajador, y la disminución del absentismo (por ejemplo, por dolores de cabeza).

El principal problema de la luz solar es que es incontrolable porque cambia con mucha frecuencia, tanto por las condiciones climáticas como por la hora del día. Basta una nube para que de una intensidad alta se pase a una mucho más baja, provocando contrastes de luminancia (la luz que llega a nuestros ojos) que contribuyen a causar fatiga ocular, según se recoge en el estudio Iluminación en los entornos de oficina, elaborado por la empresa Ofita.

Estas condiciones llevan a que los expertos aconsejen evitar la incidencia de la luz natural sobre los puestos de trabajo o, al menos, que se desvíe o se difumine utilizando cristales tintados, láminas u otros sistemas. Es decir, por ahora la luz artificial no tiene alternativa porque es la única que puede proporcionar la iluminación horizontal y uniforme que se precisa en una oficina, según explica la guía elaborada por IDAE y CEI.

Este trabajo también aporta algunas ideas generales sobre las características de un adecuado ambiente lumínico:

  • La iluminación general directa es la que mejor se adapta a todas las circunstancias, pero se debe contar con elementos que difuminen y hagan uniforme la luz (difusores en las luminarias) para evitar los reflejos, especialmente en la pantalla del ordenador.
  • Es aconsejable colocar las luminarias en líneas casi continuas y paralelas a la dirección principal de la visión.
  • Las mesas no pueden estar ni de espaldas ni de cara a las ventanas porque, como hemos visto, pueden provocar deslumbramientos por los contrastes o reflejos en el ordenador.
  • La mejor disposición del alumbrado artificial con respecto a la luz natural es en paralelo al plano de las ventanas, con la primera fila de luminarias a aproximadamente a 1,5 m de la ventana. De esa forma se logran controlar mejor los contrastes de la luz solar, facilitando que se difuminen.
  • Las mesas y las paredes, mejor en tonos suaves (beige, crema, azules tenues, un blanco sucio…) y mates, para evitar también reflejos que deslumbren.
  • Como el nivel de concentración en una oficina es alto, la iluminación general debe ser potente. Una referencia media estaría en torno a los 1.000 lux (lo que equivale más o menos a la luz natural de un día soleado y despejado).

Por supuesto, cada oficina requiere de un estudio específico, dependiendo de la distribución, de las tareas que se van a realizar en los diferentes espacios e incluso, de la edad de los trabajadores (a más edad, menos visión, y se requerirá más iluminación).

El principal objetivo de los fabricantes es lograr luminarias que produzcan una luz lo más parecida posible a la natural para mejorar y preservar nuestra visión y, a la vez, con un bajo consumo para reducir gastos y emisiones. Como ves, las oficinas inteligentes también entran por los ojos.

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