El auge de las zonas comunes: de lujo a básico inmobiliario

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Primero fueron los jardines, las piscinas y los gimnasios, aunque, en cuestión de algunos años, en muchas de las construcciones de obra nueva la lista de zonas y servicios comunes apenas comienza así y suele ser, además de nutrida, variopinta. Sala para guardar las bicicletas, pistas de pádel, tenis o canchas de baloncesto, salas de usos múltiples, huertos ecológicos, parque infantiles, salas de juego, spa, sauna, baño turco…

Y continúa: puntos de recarga para coches eléctricos, gastrotecas, espacios de estudio o de trabajo, barbacoa, minigolf, guarderías, solárium, miradores, apartamentos para invitados… Las zonas comunes o comunitarias, que antaño fueran patrimonio de unos pocos privilegiados, se han democratizado y multiplicado (no sólo en cantidad, sino en calidad: la calidad de los equipamientos también gana enteros), y componen hoy en día uno de los mayores factores diferenciadores de los nuevos edificios residenciales. 

Un nuevo concepto de vivienda

El auge de los servicios comunes se fundamenta en su papel como reclamo que puede inclinar la balanza ante los compradores, quienes aprecian todos estos añadidos en un contexto social de largas jornadas fuera de casa. La posibilidad de ahorrar tiempos de desplazamiento para el disfrute del deporte yo el ocio justifica, en muchos casos, el sobrecoste en el precio de compra y supone uno de los principales diferenciadores respecto a la vivienda de segunda mano.

La posibilidad de compartir tiempo con otros vecinos, de celebrar fiestas con amigos en una sala acondicionada electrodomésticos, menaje y comedor en lugar de en la casa propia o de acoger invitados en un apartamento ad hoc o la seguridad de los pequeños componen un valor añadido además para las familias, todo ello también, incluso, para las segundas residencias.

El sobrecoste de las zonas comunes, ¿merece la pena?

Como contrapartida lógica, contar con un puñado de zonas comunitarias y de servicios extra repercute tanto en el coste de construcción (y, por ende, en el precio de venta) como en los gastos de mantenimiento mensuales. Es, precisamente, éste último punto el más disuasorio para el comprador, un rechazo que se produce en pocas ocasiones sin la suficiente reflexión: en función del número de vecinos que conformen la comunidad de propietarios el impacto se puede diluir lo suficiente como para compensar, con mucho, el coste que tendría para los miembros de la familia contratar los mismos servicios de forma externa (cuotas del gimnasio, reserva de una pista de pádel, etc.).

Las zonas comunitarias: ¿fuente de conflicto?

El uso y disfrute de las zonas comunes son, por otro lado, una tradicional fuente de conflicto en las comunidades de propietarios que pueden multiplicarse al aumentar el número de áreas comunes. Situaciones de sobreutilización o abuso por parte de algunos, molestias y ruidos, diversidad de opiniones sobre la presencia de mascotas o invitados demasiado recurrentes son algunos de los problemas más habituales.

En pro de una mejor convivencia, muchas comunidades establecen sus propias normativas en lo que a utilización de estos servicios comunes se refiere, incluyendo horarios, usos inadecuados y limitaciones en el número de acompañantes, por ejemplo.

Por lo demás, en la misma línea que la Ley de Propiedad Horizontal, el artículo 394 del código civil, sobre la comunidad de bienes, establece la norma general de que “cada partícipe podrá servirse de las cosas comunes, siempre que disponga de ellas conforme a su destino y de manera que no perjudique el interés de la comunidad, ni impida a los copartícipes utilizarlas según su derecho”. La norma, por supuesto, da lugar a una cierta interpretación: en caso de conflicto, el primer paso realizar una advertencia desde la Junta de Propietarios o, en caso de que no prospere, entablar acciones judiciales.

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