Beijing

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Te íbamos a decir que cerraras los ojos e imaginaras que has nacido en Beijing pero, como no podrías seguir leyendo… vas a tener que hacerlo con los ojos abiertos.

Acomódate bien en tu silla de oficina… respira… inspira… Empiezas a sentir que estás en otra parte. Rodeado de gente. Mucha gente que va de un lado a otro. Huele a bambú hervido, a pollo frito… a té. Cuando oigas la palabra “dimsun” estarás en China. Un, dos, tres… ¡DIMSUN!… Eres de Beijing.

Y te gusta.

Vaya que si te gusta. Sobre todo desde los Juegos Olímpicos. Aunque Pekín está casi desconocida, ahora te cae mejor. Te gusta vivir en una ciudad que tiene los mismos habitantes que ese pequeño país llamado… ¿España? Te gusta eso de levantarte a las cinco de la mañana para ir al parque y hacer algo de ejercicio. Irías con tu perro, pero como el gobierno no te deja tener uno (ni siquiera un pekinés)… pues nada. A veces, haces bailes en grupo con gente que no conoces. Otras, te da por hacer esa tabla de movimientos compulsivos sin sentido que tú mismo te has inventado. No es step. Tampoco aeróbic. Es más bien “impromoving”. A veces 12 repeticiones… otras siete. Eso da igual. Tú sabes que lo verdaderamente importante es moverse. Por eso hay ancianos de 120 años que son capaces de ponerse el pie en la oreja. Después de tu dosis de salud diaria, te gusta pararte en ese puesto que desaparece a las 9:31 para comerte un crêpe con huevo bañado en aceite o un par de trozos de… ¿pollo? bien frito. Te metes en el metro para escaparte de la contaminación que se corta con palillos y del sol… Ese que oscurece tu piel contra tu voluntad y tu atractivo. Ese del que tanto huyes. Del que te escondes bajo unos guantes, una sombrilla, un antifaz…

Beijing

 

Intentando tapar cualquier rayo de sol que te roza, llegas a ese trabajo que no te llena porque lo hacéis entre diez, igual que tu sueldo, que tampoco te llena porque es para diez. No piensas mucho en ello y no te vas a quejar. Nunca lo haces. Hoy, sólo piensas en el Año Nuevo Chino. Piensas en que os iréis toda la familia de vacaciones. Bueno… vosotros y todas las demás familias de China. Probablemente no haya billetes de tren desde hace semanas, aunque con un poco de suerte encontrarás algo para ir de pie. Total, ¿qué son 18 horas sin sentarse? Cualquier cosa con tal de ver la montaña de Huangshan en una buena y nutrida excursión en grupo para que podáis haceros fotos los unos a los otros. Sin parar. En todas direcciones. Sales de trabajar.

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Piensas en echarte una siesta, pero te encuentras con un par de extranjeros que parecen perdidos porque nada está en inglés. Tú tampoco. Te gustaría poder hablar con ellos, pero no sabes decir ni watermelon y te da vergüenza intentarlo. Por un instante, te imaginas lo que presumirías ante los tuyos si les presentaras a tus dos amigos occidentales, pero es totalmente imposible. Te preguntan cómo pueden llegar a… algún lado. No les entiendes, pero les quieres ayudar. Les sonríes ampliamente y les mandas en una dirección cualquiera porque… ¡les quieres ayudar! Te despides con otra sonrisa y te diriges de nuevo al parque para hacer tu sesión de tarde. Ahora le vas a dar un poco al tai-chi. De camino a casa compras algo de cena porque os sale más barato y cómodo que comprar comida y cocinar. Además, hay tanta variedad… Está todo tan increíblemente bueno y barato. Estarías comiendo toooooooodo el día en los puestos de la calle. A todas horas.

Beijing

 

Es cierto que vuestra casa no es aquel hutong que tenían tus abuelos cerca de la Ciudad Prohibida. ¿Recuerdas como corrías por el patio para pasar de una habitación a otra? Vivir allí es más prohibitivo que nunca.

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Más aún ahora que vais a ser tres pero, como nunca seréis cuatro porque “no os dejan”, os vale con este piso de 45 metros cuadrados. Es todo lo que necesitáis: una habitación, un salón multiusos, un baño sin ducha ni bañera y una minicocina casi de adorno. Perfecto. Aunque lo acabáis de comprar con todo vuestro esfuerzo y dentro de 60 años volverá a ser del gobierno, es vuestro hogar y os sentís realmente bien en él. Y ahora… te apetece ver un poco de tele, algo de fruta, varias tazas de té y dormir. Pero antes… sientes que te empieza a sonar el móvil y que la bandeja de entrada se te está llenando de mails. Que el tupper se te ha abierto y lo has puesto todo perdido de lentejas. Empiezas a volver a la realidad… Cuando diga la palabra “torreznos”, estarás haciendo cola para tomar un café de máquina en tu oficina de todos los días. Un, dos tres… “TORREZNOS”.

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