100 años de la Bauhaus

Equipo de Redaccion

Corría el 1 de abril de 1919 cuando se inauguraba en la ciudad alemana de Weimar la escuela de arte de la Bauhaus. A partir de aquel momento, permanecería activa durante apenas 14 años, conocería tres sedes diferentes bajo la dirección de tres directores y cerraría definitivamente en 1933 por imposición de la Gestapo. Una corta existencia que, sin embargo, resultó más que suficiente para erigirse como un movimiento de extraordinaria influencia en la estética modernista y forjar su nombre con mayúsculas en la historia del mundo del diseño.

La idea de un hombre: el manifiesto la Bahuaus

Para que la Bauhaus existiera, fue necesario que se diese un determinado contexto histórico (el periodo de entreguerras en Alemania tras la revolución industrial) y el impulso personal de una persona, Walter Gropius. Arquitecto de formación, como lo fueran su padre y su abuelo, fusionó en una las escuelas de Bellas Artes y la de Artes y Oficios. El manifiesto fundacional de la nueva escuela resultante recogía en apenas 300 palabras (ocupaba una cuartilla) los fundamentos de una visión que diluía las fronteras entre artistas y artesanos y que establecía la funcionalidad como objetivo último de cualquier creación.

La artesanía se establecía como la base del arte, de todas las artes: arquitectura, la escultura, la pintura o el diseño. Todas las disciplinas deberían aunarse bajo una visión del “artista total”, a quien Gropius situaba al mismo nivel que el artesano.

Un nuevo método didáctico

Para Gropius, la transformación de la enseñanza de las artes tenía un potencial transformador de la sociedad en su conjunto. En la Bauhaus se recuperaron los grados medievales de aprendices, oficiales y maestros y se estableció un particular sistema educativo con un año preparatorio obligatorio y una formación eminentemente práctica dividida en talleres experimentales de diversas disciplinas (pintura, cerámica, textiles…).

Nombres como Paul Klee o Wassily Kandinsky sobresalían entre la nómina de profesores (maestros) de una institución en la que no solo se prestaba atención a lo puramente académico: en la Bauhaus se celebraron fiestas memorables y se impulsaba la vida social y el fortalecimiento de vínculos entre alumnos y profesores, tanto con eventos especiales como con la participación en talleres de teatro o deportes.

Sencillez, funcionalidad y estética: el legado de la Bauhaus

“La forma sigue a la función” era una de las máximas de Gropius. De esa forma, todo arte debía tener un propósito (no en vano, Bauhaus se traduce como “casa de hacer cosas”) y prescindir de cualquier añadido innecesario. Menos era más en la Bauhaus, donde en cualquier creación, desde la arquitectura al diseño gráfico, imperarían las formas limpias y sencillas y los colores básicos.

Dos arquitectos sustituyeron a Gropius en la dirección de la escuela, primero Hannes y  Ludwig Mies van der Rohe a continuación. Un total de 1.250 alumnos pasaron por las tres sedes de la escuela (Weimar, Dessau y Berlín) produciendo creaciones tan populares, influyentes e inconfundibles como las sillas diseñadas por de Marcel Breuer, las cocinas de Margarete Schutte-Lihotzky (muy parecidas a las de los hogares actuales) o los más de 4.000 edificios de estilo la Bauhaus que salpican Tel Aviv, por poner solo unos ejemplos.

Una completísima agenda en Alemania que incluye decenas exposiciones, talleres o conferencias rendirá tributo durante todo 2019 a su escuela de diseño más internacional e influyente.

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